Universidad y realidad

21 05 2010

Los especialistas en marketing Al Ries y Jack Trout, autores del cuasi manual Posicionamiento: la batalla por su mente, han dicho en alguna oportunidad que “la realidad no es un concepto emocionante, y esta es una de las razones  por las cuales las universidades no enseñan la realidad”.

Como la mayoría de marketeros experimentados que se precian de serlo, los autores estadounidenses pretenden renegar del supuesto dogmatismo de las aulas universitarias, pero terminan por concederle a la universidad la característica de enseñar “conceptos interesantes”. Conceptos complejos, o completos, diría yo, porque eso del interés es muy subjetivo.

Es cierto que la universidad no enseña, en principio, cómo entablar una conversación; cómo tratar a tus jefes o colaboradores; cómo sacarle la declaración precisa al entrevistado; o cómo llegar más rápido a la idea que redondeará la campaña publicitaria. Pero no no lo hace porque no es esa su esencia.

Universidad: Univerzalizar, sistematizar y teorizar conocimiento práctico. Juntar experiencias, e incluso libros como los de Ries y Trout, en un conjunto de separatas y una asignatura que diga lo más abstracto, lo que nos demoraríamos décadas en aprender por nosotros mismos. Claro, asumiendo que los alumnos son capaces de adquirir los conocimientos operativos básicos para aplicar la teoría en un entorno laboral.

Para mí, el trabajo de un profesor universitario es lo más parecido a la idea aristotélica de arte: la mímesis. No es la mera reproducción, sino la evocación de la realidad a través de la disposición artificial de elementos que difícilmente se encuentren así de forma natural, pero que nosotros entendemos como una composición ideal. Y es que a las personas nos gustas las cosas ordenadas.

El académico no necesita, por lo tanto, ser el más experimentado profesional ni el mejor en alguna técnica. Aunque esto nunca cae mal, el mejor alumno no es siempre el mejor maestro, porque tiende a ser competitvo; a concentrarse en lo particular; y a desertar de la labor académica atraído por el brillo de la industria. Es mucho más valioso el que mejor aprehende; el que teoriza de lo vivido o leído, de lo propio o lo ajeno, de sus mentores o alumnos, de lo bueno o lo malo… Y por supuesto, debe poder sistematizarlo y comunicarlo.

El resto son talleres, seminarios, conferencias, congresos y demás inventos para acercarnos al día a día de las industrias de las que queremos formar parte.

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