Cine

Eastwood’s Invictus

El inglés del título se puede leer como “El Invicto de Eastwood”, o como “Eastwood está invicto”. Y es que a pesar de algunas objeciones, me parece -y a la crítica y a los espectadores también- que Invictus es una película que vale la pena.

El filme comparte algunas características con las últimas obras de Eastwood. Llama la atención su afición por presentar temas comunes a través de una historia distinta. En Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima,se logra dar un viso de originalidad al desgastado tema de la Segunda Guerra Mundial. En Million Dollar Baby e Invictus entrega deporte sin caer en tópicos.

En lo visual, estas cuatro cintas y la mayoría de las del director, se caracterizan por la baja saturación de color. Si algo rompe con lo propio del autor y con lo convencional, es el uso de distancias focales extremas sin necesidad aparente. Desde planos medios y cortos hechos con un gran angular que casi parece fish eye, hasta tomas del equipo captadas con un teleobjetivo que fácilmente superaba los 70 mm.

Ahora, a todos, o a casi todos, nos convenció Morgan Freeman como Mandela. Algunos incluso habrán experimentado esa sensación de no recordar la cara del sujeto real… La verdad es que el llamativo parecido físico, y la imagen de integridad moral que se ha ganado durante su carrera, prácticamente convertían a Freeman en el único candidato viable. Eastwood prefiere trabajar con actores consagrados… ¿A quién más podría ofrecerle el papel? ¿A Samuel L. Jackson?

Por el contrario, Matt Damon no es muy creíble como jugador de rugby -es muy pequeño-; ni como líder. Desde Good Will Hunting hasta la trilogía deBourne, pasando por Mr. Rippley, sus personajes han sido siempre solitarios y retraídos. Quizá la excepción sea Ryan, pero no muchos lo recuerdan en esa película, en la que todas las palmas fueron para Hanks y Speilberg.

El manejo del tiempo en las escenas de rugby es raro. Mientras hay elipsis que llaman la atención, se dejan deliberadamente tomas sin importancia aparente. Sin embargo, la secuencia del partido final es magistral. Eastwood hace evolucionar por fin las escenas de golpes y pujidos a las que nos tienen acostumbrados las cintas de football. La edición de sonido y el uso de slow motion nos ayudan a entender el sentimiento detrás de un deporte ajeno a nosotros. Casi me hace pensar que la edición confusa de los otros partidos es deliberada, para que recién al final entendamos el juego y todo el esfuerzo tras él.

No perdamos de vista que aun con Eastwood como director, la historia en el papel no prometía como para justificar su gran presupuesto. Seguramente el estudio recién accedió a financiarla para que viera la luz este año, a tiempo para subirse al bus de la fiebre mundialista. Nótese que Zakumi usa los colores de los Springboks.

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Sherlock Holmes, o la reinterpretación absurda

No. No estoy diciendo de entrada que la película es absurda. Me refiero a que esta reedición de los personajes de A. C. Doyle cae dentro de la categoría de lo absurdo, si se le busca lugar entre los géneros establecidos. El desinterés por su apariencia, el humor negro, el egoísmo y el alcoholismo -por lo menos el hecho de que sea manifiesto- del protagonista, lo convierten casi en la antítesis del detective inglés.

Del director Guy Ritchie sólo he visto completa Snatch (2000), aunque en realidad sólo tiene otra película notable si descontamos el bodrio Swept away, en el que dirigió a su entonces esposa Madonna, y las otras dos películas que le tomó recuperarse. Él lanzó a la fama a Jason Statham (A.K.A. El Transportador). Su temática, el desarrollo de sus personajes y la forma de tratar la violencia le da ciertos aires de Tarantino. Su identidad estética se basa en sus decisiones poco comunes en cuanto a ángulos, el uso de un alto contraste y los juegos con la saturación del color.

Las dos últimas características están presentes en su Sherlock Holmes, pero se nota que tuvo que renunciar hasta cierto punto a los ángulos diferentes, seguramente para hacer más “masiva” y “consumible” su primera aparición en Hollywood. Una renuncia leve, dirán ustedes, y la verdad es que sí, porque igual hay por ahí algún ángulo aberrante bastante expresivo si se sabe mirar bien.

Pero si algo no se le perdona, ni aquí ni en su Inglaterra natal, es su falta de cuidado con el acento de Robert Downey Jr. Un director con actores fetiche tan exquisitamente británicos como el mismo Statham o Vinnie Jones no debió dejar que se ejecutara un Sherlock Holmes con acento extraterrestre -e intermitente-.

Por lo demás, me parece que la cinta no logra ni siquiera mantener el ritmo constante que exigen los consumidores de Hollywood, y se vuelve tan lenta en algunas partes, que recuerda esa cosa con Madonna en la playa que bien pudo haber durado cinco minutos. Podría explicarse diciendo que el director tuvo que cambiar sus clásicas explosiones de violencia por las deducciones de Sherlock, pero la verdad es que sí hay violencia, aunque no se trabajó bien.

Lo de las deducciones de Holmes es otro asunto: Si bien los flash (back and forward), y los monólogos internos son la forma clásica de narrarlo, uno ya está al copete de esa fórmula gracias a los numerosos CSI. Aun más grave, este uso nos remonta a otra película horrorosamente parecida: La liga extraordinaria, quizá el último tropiezo de Sean Connery.

Cuando una cinta no entrega mucho en general, uno termina fijándose en detalles para encontrarle valor. De Sherlock Holmes podemos rescatar el diseño y adaptación del vestuario, sobre todo del antagonista de la película. Algunos efectos especiales, sobre todo las explosiones, están muy bien diseñadas, y llaman la atención a pesar de estar tan acostumbrados a verlas.

Más que ver nuevamente a R.D.Jr. en el papel de patán (como que nos vamos preparando para Ironman 2), llama la atención la aparición de Jude Low como co-protagonista -casi, casi actor secundario-; y alejado de su rol de charming playboy inglés. A pesar de lo limitado de su personaje, demuestra que sirve para actor de caracter, y promete, aunque sea a largo plazo, algo interesante… ¿Quizá un nuevo Michael Caine?

Parece que al final la película si era algo absurda… Sorry!


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Avatar, casi un hito.

Tengo que decir que fui emocionadísimo a ver la película. Es más, la última vez que fui al cine fue hace casi dos años, y aquella vez me interesaba mucho más la compañía que Harry Potter -sí, Harry Potter… ¿y qué?-. Cuando entré hoy a la sala 6 del único cine de Piura, poco a poco fui recordando cada una de las razones por las que prefiero ver en mi casa las películas que me parecen interesantes: la fidelidad del sonido en Cineplanet es sencillamente mala; tienes que pararte al baño porque TIENES que tomar por lo menos una gaseosa; si llegas tarde debes ver la ‘peli’ de costado; y si tienes mala suerte, como yo la tuve hoy, algún chibolo detrás tuyo hará preguntas a cada rato y te pateará la silla de tanto en tanto.

No me malinterpreten, me gusta el Cine, pero odio ir al cine. Esta aclaración merecía un párrafo para ella sola.

Ahora sí: Avatar. La historia no es nada original. Para ser honesto, me pareció una mezcla entre Pocahontas y The Matrix. Cameron se repite en el futuro apocalíptico de Terminator y el triángulo amoroso de Titanic. El tema de fondo, la conservación del equilibrio natural, es tratado de una manera demasiado directa. Estereotípica, diría. La lucha entre nativos y colonizadores/destructores es un encaro directo al modelo histórico de hacer patria de EE.UU., desde el lejano oeste hasta Irak.

“El hombre consumido por su ambición” es el núcleo de las dos películas de Cameron que ya mencioné, lo que hace de Avatar la pieza final de una trilogía. El asunto es, querido James, que si vas a decir lo mismo por tercera vez, deberías ponerlo de la manera más original posible, y no de las más obvia: un coronel con banderitas americanas contra nativos naturalistas en taparrabos.

Una de las cosas que me emocionó con esta cinta es que vi por ahí un comentario que decía: “Ir a ver “Avatar” ahora debe ser como haber ido al estreno de “Star Wars” en los 70’s”. Bueno, no. El asunto es que James Cameron es un gran ‘hacedor’, pero George Lucas es un ‘creador’. De ahí que a uno le confíen las películas más caras de cada década, y que el otro haya tenido que sufrir con sus dibujos y crear después su propia productora.

Avatar no llegará a ser “Star Wars” por la sencilla razón de que el tema final de Lucas era más trascendente: la lucha entre el bien y el mal en cada uno de nosotros. El cuidado del medio ambiente no tiene nada de malo, pero la manera de resolverlo de Cameron es demasiado incidental, demasiado política. Todo el que la ve sale convencido de que EE.UU. es el malo, ¿no?

Aún así, hay que aplaudir, y muy fuerte, el trabajo de realizador de James Cameron. Sólo una persona a quien Hollywood le tiene tanta fe puede habernos dado, y en tiempos de crisis, la primera película en la que simplemente uno no nota el cambio de realidad a animación. Sencillamente espectacular. Tengamos en cuenta que incluso se desarrolló un nuevo tipo de animación por computadora, exclusivamente para la película; y que el propio Cameron creo una nueva cámara 3D.

Justamente por esa enorme fama que carga el director, me sorprendió notar un único error -y cuando es uno solo es peor- de coordinación en la coreografía pre animación. Es decir, cuando “se actúa con el aire” para después poner al personaje animado. Fue en la escena en que el jefe de los Na’vi se mete en un helicóptero y golpea con su arco a un soldado. Me parece que el viejo James está aflojando…

Otro error de producción que llama la atención es la selección del leitmotiv de la pareja. Se trataba de música étnica africana, demasiado similar a la de “El rey león”. Eso me hizo pensar después que, en general, los Na’vi son demasiado humanoides… ¡Incluso besan! El fundamento fisiológico del beso es que los labios tienen muchas terminaciones nerviosas… ¿Cuáles son las posibilidades de que una civilización de otro planeta sea TAN parecida? Además, ¡¿para qué quieres tus labios, si tienes una especie de conector USB en la punta de la trenza?!

Ahora, aquí, súbitamente, muere el egresado de Comunicación y entra el fanático: fui al cine después de dos años; me compré mi vasito de Avatar; dije “Chévere” como diez veces durante la película; lloré cuando el héroe arengaba a su pueblo; hablé de la película todo el camino y durante la cena; y vine corriendo a escribir esto apenas pude. Así de alucinante es, y vale la pena ir a verla. Probablemente vaya de nuevo, o espere a comprar el DVD… veremos. Por ahora, ¡voy a bajar mi diccionario de Na’vi!

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