Yale y las piezas

20 11 2010

No sé porqué justo ahora se empeñaron en recuperar las piezas de Machu Picchu. La universidad de Yale las ha tenido en su poder por casi cien años, y Toledo quizo recuperarlas también al final de su gobierno. Me imagino que, más allá de la reivindicación de las ruinas en vista al centenario de su descubrimiento, los verdaderos motivos son otros dos: sumar algunos puntos de popularidad de cara a las próximas elecciones; y ganar legitimidad para el recién creado Ministerio de Cultura. Si es así, no creo que hayan tenido éxito con lo último, pues el ministro Ossio no ha sido una figura importante en el proceso, quizá opacado por el mismo presidente, quien incluso encabezó una marcha.

Por un lado, me parece un muy buen signo que la campaña emprendida por el país a varios niveles haya dado resultado tan rápido. Creo que es un ejemplo sin precedentes nacionales de organización cívica; y demuestra que el país puede enfrentar y vencer a una institución prestigiosa a nivel mundial. Si las acciones peruanas hubiesen sido menos impetuosas, quizá no se conseguía nada. Pero creo también que con algo más de tacto y gestión diplomática se hubiese conseguido un mejor trato.

Por supuesto, entiendo la relevancia simbólica que tiene para los cusqueños y todos los peruanos la recuperación de los objetos, pero desde un punto de vista práctico, creo que las piezas están mejor en Yale. La universidad estadounidense cuenta con un potente departamento de arqueología, con notables académicos y laboratorios envidiables, donde se han formado algunos de los mejores del mundo en esa rama. En comparación, el gobierno peruano incurrirá en un gasto extra para acondicionar un lugar dentro de la Universidad San Antonio Abad del Cusco. No sin pena, tengo que recordarles que cuando se habla en Perú de gasto público, no espera uno de entrada belleza o eficiencia.

Personalmente, creo que lo mejor sería que Yale no sólo tenga “derecho a seguir estudiando las piezas” -en la práctica será casi imposible-, sino que instale en Cusco un laboratorio de arqueología de administración y financiación conjunta. De esta manera, no sólo recuperaríamos las piezas, sino que ganaríamos la experiencia y el conocimiento de quienes llevan trabajando con ellas casi un siglo. Cuando de hacer universidad se trata, no hay conocimiento que deba despreciarse, y quizá se pierda muchísimo en el traslado tal como se tiene previsto.

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“Quiero desaparecer de la web”

11 01 2010

La alucinante persecución on line de los adolescentes que publicaron un video en YT en el que destruían unas ruinas arqueológicas (ver post anterior), y la serie de insultos y amenazas que recibieron, me dejó pensando en algo que con el pasar de los días ha comenzado a asustarme: ¿cuánta información mía hay en la web? ¿Qué tan difícil sería borrar mis rastros de Internet si algún día necesito hacerlo?

Quizá los blogs como este sean lo más rápido de borrar, aunque los datos de los autores quedan registrados en los servidores de los dominios, y los comentarios en otros sitios web escapan de nuestro control.

Pero están también las fotos de Facebook, y no las que subo, sino en las que taggean. ¿Y si ponen la foto pero no me etiquetan? Pues hay que ver si eso es mejor o peor, pues por lo menos cuando lo etiquetan, uno se entera que la foto está en línea, y puede hacer algo al respecto.

Están también todos los datos personales que nos piden cada vez que nos registramos en alguna web, un foro, una red social… Muchos de nosotros no podríamos si quiera recordar cuántas veces nos hemos registrado por cosas tan diversas como descargar un archivo, ver un video, bajar un fondo de pantalla, participar con un comentario.

Y si queremos hablar de problemas serios, recuerden que el director del colegio de los desadaptados de YouTube también tuvo que pedir disculpas públicas. ¡Quién sabe cuántos cientos o miles de contenidos en la web nos vinculen con nuestros colegios, universidades, institutos, centros de trabajo y familiares!

Si se me ocurriera ir a vandalizar algún monumento y un compinche me grabara, o si alguien me acusara de algo tan grave que generase la reacción de la comunidad 2.0, ¿Qué tan difícil sería desaparecerme de Internet?

Me parece que debería haber un servicio en línea -yo hasta pagaría por él- en el que uno pueda registrar todas sus cuentas, o de las que se acuerde, y que con un sólo click se pueda acceder al “suicidio virtual”. Se me ocurren varios nombres de celebrities, políticos y hasta especialistas a quienes les vendría bien aplicárselo.





El comienzo de 2.0(10) en Perú

9 01 2010

El año anterior fue el de la consolidación de Twitter a nivel mundial, con casos tan notorios como la cobertura de los atentados en la India y las elecciones en Irán, y la competencia entre Ashton y la CNN. Todos nosotros, alrededor del mundo, notamos el potencial del microblogging, y comenzamos a prestar atención si es que ya no lo hacíamos.

En el Perú, sin embargo, con un bajo nivel de conectividad, y un mayor interés por el chat y los juegos on line, los usuarios de redes sociales se limitaron a intercambiar información en círculos más bien pequeños, formados por periodistas, analistas y geeks.

Hay que resaltar el infame episodio de D’Onofrio, la compañía de helados más grande del país, que lanzó una campaña -en realidad para deshacerse de un stock- en la que prometió que un día determinado iba a vender todos sus helados a 1 nuevo sol ($0.37). La mala fe de diferentes participantes de la cadena de distribución -en Perú la principal fuerza de venta de las heladerías son vendedores en carretas a los que las distribuidoras concesionan el producto- echó a perder la campaña, y el público quedó tan descontento que se creó un grupo en Facebook que alcanzó las decenas de miles en cuestión de días. La compañía debió repetir la promoción.


Fuera de este precedente, que en su momento llamó bastante la atención de los medios tradicionales, no hubo ninguna otra manifestación de una comunidad 2.0 considerable en el Perú, por lo menos no hasta hace unos días.

Apenas el 3 de enero, domingo, un sismo de 5,7 remeció buena parte del país. Por la radio informaban de posturas contradictorias de las principales fuentes: el Instituto de Geofísica del Perú (IGP) señalaba como epicentro el mar frente al Callao, en el centro de la costa peruana, mientras el United States Geological Survey (USGS) apuntaba a una zona cercana a Huaraz, en el norte de la sierra.

El sismo fue a las 3:40 p.m., y desde ese momento los usuarios de Twitter comenzaron a informar sobre la magnitud en cada ciudad. Mi experiencia personal fue por demás interesante. Encontrándome en Piura, al extremo noroeste del país, no sentí nada, y lo mismo pasó con un conductor de TV que estaba en la playa al sur de Lima, lo más cerca que se podía estar del epicentro hipotético en el mar. Una conocida artista en la ciudad de Lima preguntó si había sido temblor. Por otro lado, las personas que estaban en Chiclayo y Trujillo, al sur de Piura, fueron las primeras en decir que habían sentido “algo fuerte”. El director del IGP aclaró recién el tema a las 4:20, pero los twitteros ya sabíamos cuál de las dos hipótesis era la correcta apenas un cuarto de hora después del evento.


En este caso, los medios de comunicación tradicionales, sobre todo la radio, obtuvieron versiones oficiales que fueron tamizadas por cada usuario a través de Twitter. Los dos diarios y la radio de noticias con más presencia en la red de microblogging demostraron una falta de conocimiento, al no asignarle un hashtag al evento. Los usuarios sugerimos #sismoperu, sin saber que ese era el nombre de usuario del servicio de alerta temprana (@sismoperu).

Hace dos días, el jueves 7, un escándalo sacudió la web completa. Alguien descubrió un video en que unos adolescentes se grababan a sí mismos destruyendo unas ruinas arqueológicas de adobe. Los comentarios en YouTube pasaron a Twitter, donde se creó el hashtag #chibolosdemierda (‘chibolo’ es jerga para “chiquilo”), y de ahí a los blogs informativos más conocidos.

Para las noticias de la noche, el autor de la cuenta en YouTube ya había borrado el video y los comentarios, donde los identificaban, pero todo había explotado. La grabación estaba replicada en varios sitios, y también la tenían los canales de TV. Los internautas más indignados ya habían encontrado fotos de los culpables, sus cuentas en Facebook, sus nombres, direcciones, e incluso teléfonos.

En este caso, fueron los usuarios de redes sociales quienes proporcionaron la información a los medios tradicionales, al punto que una conductora de informativo continuaba pidiendo datos sobre el incidente por Twitter incluso en las pausas comerciales de su programa.

Más interesante aun fue la reacción del mismísimo culpable. El adolescente que había subido el video a YouTube pidió perdón a través de su cuenta ante la ola de insultos y amenazas, y horas después creó una cuenta en Twitter (@tilintil0n). Prometió “responder todo”, pero al poco rato, abrumado nuevamente por la presión pública, se limitó a pedir disculpas. Ayer viernes 8, nos fuimos a dormir con la noticia de que había creado un blog, en el cual nuevamente pide disculpas, se excusa en su falta de cultura por fallas en el sistema educativo -eso hay que concerdérselo al ver su ortografía-, y recomienda al presidente del Perú invertir más en educación y cultura… ¿En reparar monumentos, quizá?

El blog de Tilintil0n tiene, a trece horas de su post, 160 comentarios, la mayoría del más grueso calibre. A pesar de ello, otro de los implicados ha seguido el ejemplo y creó una cuenta en Twitter y un blog.

Mas allá del vandalismo de estos escolares, y del susto que nos llevamos por el temblor (por suerte no hubo heridos), el año comienza con dos momentos 2.0 originalmente peruanos en apenas cinco días. Perú se ha vuelto interesante también- para los observadores de social networks. Veamos hasta dónde da el tema.